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Por encima del túnel

Por: César Mauricio Velásquez

La inauguración del Túnel de La Línea, uno de los más largos en América Latina, ha sido motivo para recordar al exministro de transporte Andrés Uriel Gallego. Gracias a su empeño y dedicación, y en sincronía con el entonces presidente Álvaro Uribe, esta obra recobró vida luego de décadas de abandono y derrotismo.

El buen recuerdo de Andrés Uriel no es sólo por sus obras, entre ellas la ampliación y modernización del aeropuerto El Dorado y de otros 22 en el país: la construcción de 900 kilómetros de dobles calzadas, así como la ejecución y contratación de otros 55 túneles y los sistemas masivos de transporte al interior de grandes ciudades. Una gestión significativa que durante ocho años adelantó en llave con el presidente Uribe y su equipo de gobierno.

Pero su visión de la vida le llevó a estar por encima de realizaciones humanas, del tener y del hacer. No admitía estas dos categorías para definir el éxito o el fracaso de una persona. No, él no era así. Desde niño forjó su vida a partir del ser, de lo esencial en esta vida y en la que vendrá, sin importar cuánto tienes o qué haces. Su motivación esencial estaba en el ser y en consecuencia pasaba de largo cualquier mezquindad.

Tal vez por esto tuvo más contradictores, entre ellos algunos voraces y codiciosos del dinero y los desleales de la historia, enfermos de poder, mentirosos y vanidosos. No le gustaba figurar, tampoco buscar periodistas para inflar su imagen, nada de esto le quitaba el sueño, tampoco las encuestas. Vivió la política como servicio, como medio de diálogo con la ciudadanía y oportunidad de entregar lo mejor de uno mismo.

Tal como ordenaba su vida en lo esencial y espiritual intentaba ver y valorar a los demás. Ayudaba con el buen consejo y la corrección. Fue un trabajador infatigable, servidor transparente y conocedor de todos los caminos de Colombia. Como buen profesor era didáctico y ameno en sus descripciones geográficas, históricas y religiosas.

Andrés Uriel fue un maestro con deseos de servir y construir. Cuando visitaba y controlaba obras públicas diversas por todo el país, aprovechaba para escuchar y aprender de los ciudadanos que, en diversas ocasiones, ayudaron a mejorar proyectos. Se constataba una vez más que no es lo mismo el plan hecho en una oficina en Bogotá que la realidad de la propia tierra.

En su fibra humana y espiritual estaba la fuerza para trabajar con exigencia, admitir errores y saber llevar los reclamos y afanes del presidente Uribe y de los ciudadanos. Esta ruta de vida le llevó muy lejos, esto es: liberarse de la vanidad, del afán a quedar bien, del acumular alabanzas y del culpar a otros de los males propios y colectivos. Nunca traicionó ni aplastó a nadie para subir escalones.

La dedicación al trabajo la sabía enriquecer con una vida espiritual y de piedad admirable. Todos los días rezaba el Rosario, madrugaba a Misa y estudiaba profundos temas teológicos. Coincidíamos en que la ciencia humana se enriquece con la ciencia Divina y que la exigencia para los estudios de ingeniería, matemáticas, comunicación y política debe ser igual o más, con la Teología y la Religión.

Andrés Uriel comprendió que no es sensato abandonar una convicción firme por razones de popularidad o por mejorar encuestas y así culminó su trabajo, soportando el cáncer que ya avanzaba en su cuerpo. El largo periodo de enfermedad, casi cinco años, fue parte de su cátedra de vida. El 17 de abril de 2014, mientras balbuceaba oraciones, murió en Medellín, lleno de esperanza en el encuentro con el Amigo.

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