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(ESPECIAL) A propósito del proyecto Minera de Cobre Quebradona en Jericó

Por: Carlos Augusto Giraldo B.

Un nombre que asusta.

Cuando en el año 2003 se ejecutaron las primeras y tímidas acciones de exploración minera en Jericó, la población las contempló con incredulidad y con lejanía. No resultaba ni siquiera imaginable que una comarca caficultora por más de 60 años, pudiera tener un recurso diferente para sustentar el diario vivir, y el mejor vivir (o sea el desarrollo) que aquel ofrecido durante décadas por la rubiácea keniana: el café.

Como habría acontecido, y de alguna manera sigue sucediendo en cualquier pueblo o región de similares historia económica y social, el concepto de minería estaba centrado solo en una probabilidad: el oro. No existe otra minería que la del oro. El carbón no es minería, el petróleo como recurso es una industria costosísima de los árabes y los venezolanos, pero no es minería; tampoco es minería el cemento; ni lo son los materiales pétreos y de arrastre. ¡Ese tal cobre no existe! El acero se reduce a una imagen del álbum de Chocolatina Jet. Los cerca de 5.100 minerales reconocidos por la Asociación Internacional de Mineralogía, son apenas una referencia de Wikipedia.

La percepción no termina ahí. El concepto de minería no está de ninguna manera vinculado al desarrollo ni a la vida ordenada y regulada social, económica y ambientalmente, hacia las que ya ha evolucionado el mundo. Evolución también hecha, en menor medida, por Colombia. Minería es solamente oro. Tiene por demás, como referentes únicos, a la draga, la manguera vomitando agua a presión contra el suelo; la ametralladora ilegal y amenazante; el mercurio en los ríos; el cianuro en el ambiente; las excavaciones extensas a cielo abierto y sin ningún criterio ambiental ni de respeto por el paisaje, legadas como herencia a perpetuidad; el arrasamiento ambiental; la descomposición social; la prostitución; la irresponsabilidad familiar en el gasto; la pobreza. El concepto de que alguien trabaja en minería, es todavía en nuestro medio, el de un hombre ultrajado, sin elementos de seguridad laboral, con apenas un casco y una linterna precarios, sin aportes a la seguridad social. Esto tan parecido al infierno de Dante, nadie lo quiere en su patio, en su pueblo, en su región. La minería no podría ser de ninguna manera, un factor más de los que contribuyen al desarrollo local y regional. Impensable. Así se creía por gran parte de la población jericoana en 2003, y el mismo imaginario persiste hoy todavía para algunos.

De esa no aceptación a una actividad económica como la minería; regulada al igual que tantas otras, surge una lección: nos falta cultura minera. Saber que ella, en el mundo moderno y tecnificado, es un factor de desarrollo sostenible en lo social y ambiental. Nos falta conocimiento colectivo, casi una nueva alfabetización de las bondades de la minería bien hecha, que incluya además sus riesgos. Nos falta incorporar la minería como uno más de los factores de desarrollo para las regiones y los pueblos. Nos falta saber que las regiones y los países desarrollados desde lo tecnológico, lo social y lo ambiental; y también los que son menos desarrollados, han incorporado de manera sostenible, la minería al desarrollo: Noruega, Australia, Alemania, California, gran parte de Brasil, Perú, Argentina, Chile y hasta algunos proyectos de Bolivia. Nos falta saber que no podemos prohibir los vehículos en el país porque maten a 6400 personas al año, sino que debemos asumir el desafío de hacer mucho más segura la movilidad para los 13 millones de vehículos que no padecen ningún accidente fatal. Si bien persisten prácticas mineras carentes de contemplaciones ambientales y sociales, el desafío radica en hacer de la minería responsable un factor de desarrollo, empleo dingo, recursos bien invertidos y diversificación económica.

Cambios recientes y en proceso en la región: nuevos aliados del desarrollo.

Varias veces en su historia, el Suroeste antioqueño y Jericó, de vida ya sesquicentenaria, han hecho variaciones profundas en sus factores de desarrollo. Este rincón elevado de Los Andes, se incorporó al mundo moderno, siendo una ruta caminera del oeste del país. De esas gestas surgió la fundación de Caramanta. Luego, la expansión del Valle de Aburrá presionó la fundación de Amagá y de Fredonia a finales del siglo XVIII. La mina de El Zancudo, en Titiribí, fue el eje de desarrollo de la región; sobretodo en la segunda mitad del siglo XIX. Llegó a ser una de las empresas poderosas del país con capacidad para hacer préstamos al propio gobierno nacional y al departamental. Fue propietaria de su propio banco de emisión de moneda. La Sociedad Minera del Suroeste, a finales del siglo XIX fue impulsora de desarrollo en Caramanta, Valparaíso y Támesis. Los carbones de cuenca de la Sinifaná (Fredonia, Titiribí, Angelópolis, Vencia y Amagá) tuvieron especial apogeo en las tres pirmeras décadas del siglo XX y se extendió hasta los albores de este milenio. El carbón fue más que un factor; fue el eje mismo del desarrollo de los cinco municipios de la cuenca de Sinifaná. Y finalmente, la decadencia de la minería obsoleta sumado a la ampliación de los ferrocarriles hacia los puertos, embarcó al Suroeste Antioqueño en la caficultura como eje casi único de desarrollo durante 70 años a partir de 1.940.

La crisis cafetera agudizada con la ruptura del Pacto Mundial Cafetero, acentuó el ingenio transformador de la región del Suroeste. Así, desde 1990 hemos diversificado la economía. Los motores de desarrollo han sido variopintos: el tomate de árbol, la mora, la porcicultura, la ganadería estabulada, la apicultura, las hortalizas, las artesanías, la forestería, el aguacate, el comercio, la citricultura, el comercio, la minería, y hasta el turismo.

A Jericó llegó la exploración minera en 2003. Y desde entonces hemos convivido con transformaciones en los motores de desarrollo. Teníamos seis mil hectáreas de café y la depresión de los precios nos pone hoy en apenas 1.450 hectáreas. Nadie abandonó el café para asumir tareas como empleado formalizado (160 en la actualidad) de la empresa minera. En cambio, sembramos ya 2.250 hectáreas de aguacate y 4.500 en cultivos forestales. En estos mismos 17 años, el turismo nació y se multiplicó. Hoy es factor de empleo y desarrollo municipal. Los establecimientos comerciales (percepción) debieron triplicarse. Las personas que derivan su sustento del transporte de pasajeros son hoy cerca de 200. Hace 17 años eran unos 40. En estos mismo 17 años, conviviendo con un actor adicional, una empresa minera que por períodos ha tenido hasta 200 empleados, hemos hecho una revolución cultural: eventos, grupos, museos, festivales internacionales, escenarios, exposiciones. E información de interés para algunos: hasta hemos cerrado discotecas y lugares de lenocinio.

En las últimas décadas en el Suroeste antioqueño construimos hidroeléctricas pequeñas, con oposición feroz a las primeras de ellas a mediados de los años noventa. Justo la primera de todas se construyó en Jericó. De ellas, los opositores sistemáticos a todo asomo de progreso en la región, y que por demás se dan (ellos) vida cómoda y lejana, profetizaron todos los desastres posibles. No se cumplieron. El cataclismo geológico final que vendría sobre el paisaje, no se cumplió. El agua sigue fluyendo. Las hidroeléctricas generando. Y el mundo no se acabó porque se construyeran hidroeléctricas. ¡Qué parecido todo eso a la oposición reciente al Túnel de Oriente!

Según cálculos de la Cámara de Comercio de Medellín para Antioquia, la construcción de las Autopistas de la Montaña (Vías 4G: Pacífico 1, Pacífico 2, Pacífico 3, Mar 1) en los tramos que recorren el Suroeste, construidos entre 2014 y 2020, generarían (generaron) hasta 9.400 empleos locales. En las vías Pacífico 1 y Pacífico 2, durante estos años de construcción en el Suroeste antioqueño, hemos tenido largos períodos con más de tres mil empleos allí demandados. Esa misma construcción irriga en la economía de la región $1,5 Billones. La operación de la concesión vial Pacífico 2, a unos pocos kilómetros de la programada boca de mina del proyecto de cobre, demandará durante más de 20 años, cerca de 220 empleos. Una caja de compensación familiar proyectó la construcción de un mega parque recreativo a unos pocos kilómetros de la misma boca de mina y se anunció en medios de la región la creación de mil empleos permanentes en ese mega parque. Y las vocaciones productivas del Suroeste no colapsaron por esa demanda de empleo y tampoco por la irrigación de aquella suma de dinero. Menos lo hará un proyecto como el de Minera de Cobre Quebradona que no genera 9.400 empleos durante siete años, sino 1.500 durante tres años de construcción, y unos 550 durante los 21 años de operación. Es necesario precisar: la boca de mina estará establecida en el denominado Cañón del Cauca, jurisdicción de Jericó, vereda Cauca, con cercanía relativa a por lo menos 10 centros poblados. Todos ellos son capaces de aportar 1.500 empleos durante tres años, ojalá muchos más, sin que las vocaciones actuales colapsen. Esos mismos centros poblados contribuirán a aportar los 550 empleos de los 21 años de operación de la mina de cobre.

Cada año, según la misma Cámara de Comercio, la recolección de la cosecha cafetera del Suroeste demanda la mano de obra temporal de 65 mil labriegos. De ellos, llegan de otros departamentos 37.600 recolectores que pendulan por los municipios hasta tres meses del año. Esto ha sucedido ya por décadas. Y la vocación del Suroeste no ha colapsado.

Las Autopistas de la Montaña (Vías 4G) en construcción, mas que convertirse en un factor de desarrollo, tienen capacidad transformadora de la vida de la región. Nada tiene más capacidad de incidir en los motores de desarrollo que las vías, en especial las terrestres. La transformación productiva del Suroeste no la determinará un proyecto de minería moderna con 550 o con 1.500 empleos. Esa transformación está ya decretada por las vías 4G que comunican el centro del país, el Eje Cafetero, el proyectado Aeropuerto del Café en Palestina, Valle de Aburrá, el Oriente antioqueño y el puerto de Urabá. Vías que justo convergen en el Suroeste antioqueño y el cañón del Cauca a unos pocos kilómetros de la boca de mina del proyecto de cobre Quebradona. En el tramo 4G La Pintada a Peñalisa se esperan desarrollos propios de una vía de tal naturaleza y privilegiada ubicación: bodegas, hotelería, paraderos de carretera, un hospital regional, centros de estudio universitario y tecnológico, servicios de carretera para el tráfico pesado y liviano, centros comerciales, ajustes y tecnificación a la producción agrícola y pecuaria, vivienda campestre, etc. En tal panorama y con tal vecindario, la boca de mina es apenas uno más de los actores de la promisoria región del cañón del Cauca. Y por ello, a esas vías y a ese nuevo desarrollo con equidad, como dijera Álvaro Gómez hace cincuenta años: no les vamos a tener miedo sino ganas.

En síntesis, en la región del Suroeste Antioqueño y en Jericó, ya hemos cambiado vocaciones de desarrollo y productividad varias veces en nuestra breve historia. El establecimiento de una empresa o actividad productiva moderna y tecnificada no desbarata las vocaciones productivas ni la vida de Jericó ni del Suroeste.

La polarización de surge del desconocimiento.

Un Proyecto de Interés Nacional, PIN, como lo es Minera de Cobre Quebradona, suscita obviamente interés de región y en el país. Cabe dentro de la lógica. Lo que no cabe dentro de la lógica es la aparición súbita de una nueva ciencia: la Jericoanología. Ello acarre también la aparición de una nueva especie, quizás humana: los jericoanólogos súbitos. Recién llegados y graduados en el lenguaje confuso de un intelectualismo de humareda. Sin argumentos; pero eso sí, con capacidad agresiva en el discurso. Abundan, opinan por horas prepagas en la radio, escriben en los periódicos, en las redes.

Y son ellos los que desde afuera hablan de una polarización casi sangrienta en Jericó y la región. Es lo que quisieran y les convendría a sus intereses. No es lo que sucede.

En las elecciones regionales 2019, una encuesta contratada por los hacendados de la vereda Cauca de Jericó, y ejecutada por una empresa prestigiosa e inscrita ante el Consejo Nacional Electoral, indicaba que la población votaría a alcaldía y concejo, determinada por dos alternativas: si el candidato apoyaba o no al proyecto minero. Se equivocaron en más del 25% para el caso de alcalde (sumados desaciertos por candidato). Y para el concejo, el error de la encuesta fue del 50,5%. El candidato que se presentó con argumento único de oposición a una empresa minera identificada con nombre propio, obtuvo 1,92%. Si la encuesta hubiese acertado, habría obtenido cerca del 52%. En Jericó, no estamos “agarrados de las mechas” por la presencia de un proyecto de minería moderna y bien hecha.

La posible polarización, agitada desde fuera, en este occidente andino colombiano, surge del propio desconocimiento que tenemos los pobladores sobre nuestro patrimonio geológico, que es convertible en patrimonio minero, con responsabilidad y sostenibilidad ambiental y social. Y en consecuencia se puede convertir en factor de desarrollo que convive con otras actividades. En la región geográfica conformada por el Suroeste antioqueño, norte de Caldas y municipios de Occidente antioqueño cercano, están activos más de 1.150 títulos y trámites mineros. Una gran parte recaen en minería de carbón, calizas para cemento, loza, vidrio y construcción (cordillera Central). Los otros son referentes a minerales metálicos: oro, platino, plata y cobre (cordillera Occidental). En Andes operan más de diez minas de oro y generan cerca de 120 empleos. En Titiribí, una empresa, mina La Margarita, ha puesto a convivir en el mismo predio la explotación de hasta 9.000 toneladas mensuales de carbón con un emprendimiento avícola y otro ganadero que generan 120 empleos dignos y formalizados. En el propio Suroeste antioqueño, la mina de El Cairo, propiedad de la multinacional minera cementera Argos, opera hace más de 70 años, generando empleo y desarrollo. Vale también anotar que el agotamiento de fuentes de minerales pétreos y de construcción en el Oriente y en el Occidente antioqueños, sumado a la construcción de las vías 4G, desplazará la demanda surgida en el Valle de Aburrá por tales materiales, hacia el Suroeste. Esta modalidad minera es otro desafío y un factor inminente de desarrollo que exige anticipar su manejo sostenible.

Nadie ama ni respeta lo que no conoce. Nos falta a todos, conocer el patrimonio geológico y hacer propuestas sensatas y sostenibles para convertirlo en una actividad que convive con otras e impulsa el desarrollo con equidad.

Nuestro Estado no tiene fortaleza institucional minera. El abordaje a comunidades y la educación minera (por llamarlo de alguna manera) lo asumen las empresas. No lo hacen los gobiernos nacional, departamental o municipal. No sucede así en Chile, Argentina o Perú. Ése es entonces un desafío para el caso colombiano: fortalecimiento institucional del sector minero para abordar comunidades.

Y cuando no hay fortaleza institucional, los asuntos mineros (o cualquiera otro sector productivo si fuere el caso) quedan a la intemperie. Así, sin techo, se apoderan de ellos con el discurso fácil, sesgado, interesado y desinformado. Y no todos los intereses son legales. A nadie conviene más la desaparición de la minería regulada y que cumple estándares que a quienes dominan la extracción ilegal, y hasta criminal, de minerales. El caso de los proyectos mineros nuevos en Colombia, el de Jericó incluido, no está exento de ello. La información objetiva, técnica, abierta sobre los proyectos de minería moderna, vigilada por la institucionalidad, son defensables. Pero esa tarea hay que asumirla. En Jericó quizás, se demoró. Ese proceso empezó hace como ocho años y los efectos son perceptibles. Hoy eEl 67 % de la población apoya el proyecto minero. El 70% lo considera benéfico para el municipio y la región. Conversando se entiende la gente. El ciudadano común y corriente está abierto también a entender los proyectos por más técnicos que parezcan. Y esa ilustración no se debe dejar solo en cabeza de activistas de intereses: inmobiliarios, ilegales, otros sanamente convencidos, muchos con agenda política y otros llevados por los argumentos emocionales.

Desafíos y posibilidades de desarrollo creados por un nuevo aliado.

La mina de cobre Quebradona será vigilada por autoridad con capacidad técnica como la ANLA. Corantioquia interviene en la vigilancia de vertimientos y aprovechamientos. La Gobernación de Antioquia tiene la autoridad delegada para la vigilancia minera. Las bolsas más importantes del mundo en las que cotiza la propietaria del proyecto, AngloGold Ashanti, garantizan la vigilancia pública mundial y la transparencia de información y de actividades. Es la primera sociedad minera en Colombia que asume el carácter de Empresa de Beneficio e Interés Colectivo, BIC, previsto por la Ley 1901 y que consagra beneficios para los trabajadores, las comunidades, el medio ambiente y el desarrollo empresarial del país. Ha elevado a escritura pública los compromisos sociales y ambientales con el entorno geográfico de la futura mina. El paisajismo es manejado con responsabilidad y diseñado por expertos internacionales. Es un modelo que parece increpar a las múltiples heridas sobre el paisaje que persisten en la región por intervenciones viales, mineras y constructivas pero que extrañamente no causan rechazo ni suscitan oposición o reclamos feroces. El cierre de mina no se hace a partir del cese de explotación sino desde el inicio mismo de operaciones; y protagonista de ese manejo, es la construcción paulatina de un parque biodinámico en la boca de mina. Para algunos despierta temor la naturaleza subterránea de la mina y la extracción del material a través de un túnel de 6 kilómetros. Ése es ya un asunto superado por la ingeniería. En territorio de Jericó, fueron construidas en las décadas anteriores dos hidroeléctricas que conducen por túneles profundos, agua del rio Piedras, exactamente por la misma montaña en la que está el depósito de cobre. Otras dos hidroeléctricas de reciente construcción en Tarso y Salgar conducen agua por túneles profundos. Las vías 4G en el Suroeste antioqueño han construido en estos años cerca de 14 kilómetros de túneles viales. Y la geografía no ha colapsado ni el agua para el consumo humano ha sido arriesgada. Vale anotar también que la empresa alimenta a la Fundación ProJericó con hasta dos millones de dólares anuales durante la operación del proyecto. Ojalá todas las empresas que intervienen en la región ejecutaran programas de responsabilidad social y ambiental similares. La mina se proyecta como la más moderna de Latinoamérica, comparable solo con una de reciente inauguración en Suecia. A falta de operarios de casco y linterna arriesgando su vida en socavones, en este caso serán jóvenes quienes operen, desde lugares cómodos, a robots que a kilómetros de distancia cumplen tareas de extracción de material. Se abren posibilidades de trabajo calificado y no calificado con preferencia para jóvenes, y ello constituye una oportunidad para evitarle a ese grupo etáreo el riesgo de caer en cadenas de delito. En Jericó tenemos tradición cívica y seremos capaces de ejercer veeduría aportante, hecha por nosotros y sin interferencias de intereses extraños y foráneos. Hemos vivido transformaciones productivas recientes sin que colapsen las vocaciones productivas y sin sepultar la tradición pueblerina y rural de Jericó ni la regional. Abundan pues los argumentos para construir confianza en el proyecto.

Los (apenas) 1.500 empleos demandados por la construcción de la mina durante tres años, justo en el cañón del Cauca entre La Pintada y Peñalisa donde se está terminando la vía 4G denominada Pacífico 1, no son un fenómeno nuevo en la región y no transformarán el mercado laboral ni las condiciones sociales. El empleo digno y formalizado no degenera ni prostituye comunidades. Y, de otra parte, los (apenas) 550 empleos dignos y formalizados de los 21 años de operación previstos para la mina, tampoco producen colapso en el mercado laboral de toda una región a la que están cercanos 10 centros poblados.

Los desafíos que plantea el proyecto minero de cobre están orientados a crear fortaleza en las instituciones públicas y cívicas para ejercer vigilancia genuina al accionar de Minera de Cobre Quebradona y a las más de ciento cincuenta empresas mineras que operan ya en la región. Otro desafío radica en la inversión de las regalías municipales y departamentales con vocación de desarrollo y futuro. El presupuesto municipal de Jericó se multiplicará hasta por tres. El Departamento recibirá varios billones en regalías y también la Nación. Son recursos que deben construir productividad futura para cuando las regalías dejen de existir. Sin populismos irresponsables e inmediatistas.

Para el sector académico, para la industria minera de pequeña y gran escala, para las autoridades nacionales y regionales de control y promoción, para la economía nacional y para el Estado mismo, el proyecto de cobre Quebradona es una oportunidad para mostrarle al país que la minería responsable con el medio ambiente, con la equidad social y con la construcción de oportunidades de desarrollo, sí es posible. Y ese mismo proyecto es oportunidad para que en el Suroeste Antioqueño y en especial en Jericó, aprovechemos las nuevas oportunidades de desarrollo de una región que se transforma y diversifica sus actividades productivas. Una más entre ellas es la minería responsable. Por tanto, a ese futuro no le vamos a tener miedo, si no ganas.

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