El poder de imponer a las personas cómo deben vivir

Por Saúl Hernández

Ese es el juego en el que anda la izquierda. Cualquier medida, como aprobar el fracking o fumigar con glifosato, la tumban con una tutela porque la inculturación marxista está haciendo estragos.

Dinamarca es el primer productor mundial de piel de visón, un tierno animalito del tamaño de un gato cuyo apetecido cuero sirve para confeccionar costosos abrigos, suntuosas carteras, pomposos cinturones, lujosos zapatos… Una explotación que creíamos prohibida. En miles de granjas tenían, los daneses, una población de —óigase bien— 17 millones de visones que debieron ser sacrificados por albergar una mutación del coronavirus que podría resultar muy peligrosa para el ser humano o hacer inefectivas las vacunas que están pidiendo pista.

Algo similar ocurrió a comienzos de este año en Australia, donde se ordenó el sacrificio de más de 10.000 camellos salvajes que fueron introducidos a ese país a principios del siglo XX, y que ahora se han vuelto un problema que afecta la supervivencia de varias comunidades aborígenes. Es decir, de seres humanos. A su vez, en Estados Unidos y otros países se han prendido las alarmas por la presencia del avispón gigante asiático, al que han resuelto exterminar a como dé lugar.

Traigo esto a colación porque en Colombia hemos llegado a un estado como de un letargo tal, que ninguna de estas medidas hubiera sido posible. Estas disposiciones, ni en Dinamarca ni en Australia, estuvieron exentas de críticas por parte de ecologistas, principalmente; pero allá no dudaron en llevarlas a cabo porque primaba el bienestar de las personas. Aquí, los expertos vienen diciendo que es perentorio exterminar el medio centenar de hipopótamos que habitan en el Magdalena Medio, plaga heredada de la importación de especies exóticas que hiciera Pablo Escobar hace 40 años, pero nadie se atreve a tomar semejante decisión.

En las redes tildan de paramilitar y guerrerista al que apoye esa salida, a menos que se trate del señor Brigitte Baptiste, al que no atacan por tratarse de un transexual, pero cuya opinión profesional desconocen. Él, con argumentos científicos, es partidario del aniquilamiento, pero esa osadía la tumban con una tutela en cinco minutos porque la inculturación marxista está haciendo estragos. La misma concejal de Bogotá que propone días sin carne, dice que es más valiosa la vida de una hormiga que la de un ser humano. No es de extrañar, entonces, que los defensores de los hipopótamos aboguen por el aborto en todas sus formas. Por eso tampoco es posible aprobar el fracking o fumigar los cultivos de coca con glifosato.

Hace poco, el columnista Thierry Ways decía que por Trump habían votado esos norteamericanos que se sientan a ver el fútbol americano o el béisbol con una cerveza y unas alitas de pollo y sienten que los demócratas amenazan esas costumbres y otras pequeñas cosas que no están dispuestos a negociar. Eso me hizo acordar de un ciudadano británico que se mostraba a favor del brexit porque ya no podía ir al pub de su barrio, en Londres, a tomarse una cerveza y comerse una salchicha como había hecho toda la vida porque, desde Bruselas, el Parlamento Europeo había prohibido el consumo de alcohol y de carne no halal alrededor de asentamientos musulmanes.

¿Qué tal que un ente internacional nos prohibiera las empanadas con el argumento de que con ellas se han levantado decenas de iglesias de un credo particular y que el Estado laico no puede prohijar esos privilegios? En Pensilvania, departamento de Caldas, una mujer recién llegada ganó una tutela que obliga a la iglesia a dejar de tañer las campanas entre las 9 p.m. y las 7 a.m., lo cual parece sensato pues nada tiene que ver con los oficios religiosos. Pero resulta que se trata de una costumbre muy arraigada en ese pueblo y los lugareños quieren seguir oyendo sus campanas cada hora. ¿No prima el querer de las mayorías sobre el de una advenediza?

En Medellín, el alcalde Daniel Quintero cree que ganar unas elecciones implica el derecho de cambiarlo todo. Entonces, cambia las juntas directivas de las empresas del municipio, cambia sus buenas prácticas de gobierno corporativo, cambia la estructura del gobierno local aumentando la burocracia, introduce en cargos públicos a transgeneristas, adivinos de la suerte, brujos, en fin. Ahora se metió con el elogiado alumbrado navideño de la ciudad, que este año no tendrá ángeles, Papás Noel, árboles navideños, pesebres, estrellas de oriente, Sagradas Familias y Niños Dios sino diablos, monocucos, acordeoneros, chamanes y otras figuras representativas de algunos carnavales de varias regiones del país, no de la Navidad, y menos de la Navidad antioqueña. Es un paso más en el camino de abolir tradiciones: nos quitarán el alumbrado amparados en razones ecológicas y después convertirán la Navidad en meras vacaciones, como Semana Santa.

Ese es el juego en el que anda la izquierda. El azúcar ya es dizque un veneno, pero la marihuana es elevada a los altares como un remedio curalotodo, la panacea universal. Todo se resume en esta frase que leí en alguna parte: «quieren ejercer el poder de imponer a las personas cómo deben vivir».

Comparte este contenido: