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Autocracia

Por: Hermán Saldarriaga Agudelo

Actitud errónea ante un pueblo que elige democráticamente. El gobernante autocrático no cabe en un sistema democrático, porque autocracia y democracia son antípodas.

La elección popular es una clara demostración del interés ciudadano de que, quienes orientan las instituciones para las cuales son elegidos, se ciñan a esos principios de buen gobierno corporativo que la garantice y la preserve, y ello solo puede darse en un clima de participación y entendimiento.

El aquí, “yo soy el que mando porque el pueblo me eligió”, es una arrogancia imperdonable, porque el pueblo también eligió los cuerpos colegiados que son los que ejercen no solo el control político sino el papel de orientador y aprobador o no de los planes y presupuestos del mandatario.

Desde el punto de vista de la ética pública el gobernante debe ser y demostrar la virtud de la humildad para acoger los acuerdos y desacuerdos con los colectivos institucionales que tengan que ver con el bien ciudadano, y rodearse de personas naturales y jurídicas de alta calidad humana que a ese bienestar conlleven.

En una democracia hay un reconocimiento claro de los derechos de la oposición, que deben respetarse y tenerse en cuenta, porque también constituyen, para el gobernante, no arrogante, una prueba de su acierto o no, en sus decisiones sobre el Bien Común.

Y tiene que saber el gobernante que tampoco es ético que un ciudadano, que no dio su voto para su elección, sea excluido, porque una vez posesionado de su cargo, es presidente, gobernador o alcalde para todo el pueblo, no solo para sus electores.

Pero el mayor acto de humildad de un gobernante es reconocer su error, sin eufemismos, rectificar y asumir sus consecuencias”.

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